Asomándose desde
[Cuento. Texto completo]
Italo Calvino
Me estoy convenciendo de que el mundo quiere decirme algo,
mandarme mensajes, avisos, señales. Es desde que estoy en Pëtkwo cuando lo he
advertido. Todas las mañanas salgo de la pensión Kudgiwa para mi acostumbrado
paseo hasta el puerto. Paso por delante del observatorio meteorológico y pienso
en el fin del mundo que se aproxima, más aún, está en marcha desde hace mucho
tiempo. Si el fin del mundo se pudiera localizar en un punto concreto, este
sería el observatorio meteorológico de Pëtkwo: un cobertizo de palastro que se
apoya en cuatro postes de madera un poco tambaleantes y abriga, alineados sobre
una repisa, barómetros registradores, higrómetros, termógrafos, con sus rollos de
papel graduado que giran con un lento tictac de relojería contra un plumín
oscilante. La veleta de un anemómetro en la cima de una alta antena y el
rechoncho embudo de un pluviómetro contemplan el frágil equipo del
observatorio, que, aislado al borde de un talud en el jardín municipal, contra
el cielo grisperla uniforme e inmóvil, parece una trampa para ciclones, un cebo
puesto allí para atraer las trombas de aire de los remotos océanos tropicales,
ofreciéndose ya como despojo ideal a la furia de los huracanes.
Hay días en los que cada cosa que veo parece cargada de
significados: mensajes que me sería difícil comunicar a otros, definir,
traducir a palabras, pero que por eso mismo se me presentan como decisivos. Son
anuncios o presagios que se refieren a mí y al mundo a un tiempo: y de mí no a
los acontecimientos externos de la existencia sino a lo que ocurre dentro, en
el fondo; y del mundo no a algún hecho particular sino al modo de ser general
de todo. Comprenderán pues mi dificultad para hablar de ello, salvo por
alusiones.
Lunes. Hoy he visto una mano asomar por una ventana de la
prisión, hacia el mar. Caminaba por el rompeolas del puerto, como es mi
costumbre, llegando hasta detrás de la vieja fortaleza. La fortaleza está toda
encerrada en sus murallas oblicuas; las ventanas, protegidas por rejas dobles o
triples, parecen ciegas. Aún sabiendo que allí están encerrados los presos,
siempre he visto la fortaleza como un elemento de la naturaleza inerte del
reino mineral. Por eso la aparición de la mano me ha asombrado como si hubiera
salido de una roca. La mano estaba en una posición innatural; supongo que las
ventanas están situadas en lo alto de las celdas y empotradas en la muralla; el
preso debe haber realizado un esfuerzo de acróbata, mejor dicho, de
contorsionista, para hacer pasar el brazo entre reja y reja de modo que su mano
tremolase en el aire libre. No era una señal de un preso a mí, ni a ningún
otro; en cualquier caso, yo no la he tomado por tal; e incluso de momento no
pensé para nada en los presos; diré que la mano me pareció blanca y fina, una
mano no diferente a las mías, en la cual nada indicaba la tosquedad que uno
espera de un presidiario. Para mí ha sido como una señal que venía de la
piedra: la piedra quería advertirme de que nuestra sustancia era común y que
por ello algo de lo que constituye mi persona perduraría, no se perdería con el
fin del mundo: todavía será posible una comunicación en el desierto carente de
vida y de todo recuerdo mío. Cuento las primeras impresiones registradas, que
son las que importan.
Hoy he llegado al mirador bajo el cual se divisa un
trocito de playa, allá abajo, desierta ante el mar gris. Los sillones de mimbre
de altos respaldos curvados, en cesto, para abrigar del viento, dispuestos en
semicírculo, parecían indicar un mundo en el cual el género humano ha
desaparecido y las cosas no saben sino hablar de su ausencia. He experimentado
una sensación de vértigo, como si no hiciera más que precipitarme de un mundo a
otro y a cada cual llegase poco después de que el fin del mundo se hubiese
producido.
He vuelto a pasar por el mirador al cabo de media hora.
Desde un sillón que se me presentaba de espalda flameaba una cinta lila. He
bajado por el abrupto sendero del promontorio, hasta una terraza donde cambia
el ángulo visual: como me esperaba, sentada en el cesto, completamente oculta
por las protecciones de mimbre, estaba la señorita Zwida con el sombrero de
paja blanca, el álbum de dibujo abierto sobre las rodillas; estaba copiando una
concha. No he estado contento de haberla visto; los signos contrarios de esta
mañana me desaconsejaban entablar conversación; ya hace unos veinte días que la
encuentro sola en mis paseos por escollos y dunas, y no deseo sino dirigirle la
palabra, e incluso con este propósito bajo de mi pensión cada día, pero cada
día algo me disuade.
La señorita Zwida para en el hotel del Lirio Marino; ya
había ido a preguntarle su nombre al portero; quizá ella lo supo; los
veraneantes de esta estación son poquísimos en Pëtkwo; y además los jóvenes
podrían contarse con los dedos de una mano; al encontrarme tan a menudo, ella
acaso espera que yo un día le dirija un saludo. Las razones que sirven de
obstáculo a un posible encuentro entre nosotros son más de una. En primer
lugar, la señorita Zwida recoge y dibuja conchas; yo tuve una buena colección
de conchas, hace años, cuando era adolescente, pero después lo dejé y lo he
olvidado todo: clasificaciones, morfología, distribución geográfica de las
diversas especies; una conversación con la señorita Zwida me llevaría
inevitablemente a hablar de conchas y no decidirme sobre la actitud a adoptar:
si fingir una incompetencia absoluta o bien apelar a una experiencia lejana y
que quedó en vagarosa; es la relación con mi vida hecha de cosas no llevadas a
término y semiborradas lo que el tema de las conchas me obliga a considerar; de
ahí el malestar que acaba por ponerme en fuga.
Agrégese a ello el hecho de que la aplicación con la que
esta muchacha se dedica a dibujar conchas indica en ella una búsqueda de la
perfección como forma que el mundo puede y por ende debe alcanzar; yo, al
contrario, estoy convencido hace tiempo de que la perfección sólo se produce
accesoriamente y por azar; por tanto no merece el menor interés, pues la
verdadera naturaleza de las cosas sólo se revela en la destrucción; al
acercarme a la señorita Zwida debería manifestar cierta apreciación sobre sus
dibujos -de calidad finísima, por otra parte, por cuanto he podido ver-, y por
lo tanto, al menos en un primer momento, fingir consentimiento a un ideal
estético y moral que rechazo; o bien declarar de buenas a primeras mi modo de
sentir, a riesgo de herirla.
Tercer obstáculo, mi estado de salud que, aunque muy
mejorado por la estancia en el mar prescrita por los médicos, condiciona mi
posibilidad de salir y encontrarme con extraños; estoy aún sujeto a crisis
intermitentes, y sobre todo al reagudizarse de un fastidioso eczema que me
aparta de todo propósito de sociabilidad.
Intercambio de vez en cuando unas palabras con el
meteorólogo, el señor Kauderer, cuando lo encuentro en el observatorio. El
señor Kauderer pasa siempre al mediodía, a anotar los datos. Es un hombre largo
y enjuto, de cara oscura, un poco como un indio de América. Se adelanta en
bicicleta, mirando fijo en sí, como si mantenerse en equilibrio en el sillín
requiriese toda su concentración. Apoya la bicicleta en el cobertizo,
deshebilla una bolsa colgada de la barra y saca un registro de páginas anchas y
cortas. Sube los peldaños de la tarima y marca las cifras proporcionadas por
los instrumentos, unas a lápiz, otras con una gruesa estilográfica, sin
disminuir por un momento su concentración. Lleva pantalones bombachos bajo un
largo gabán; todas sus prendas son grises, o de cuadritos blancos y negros,
incluso la gorra de visera. Y sólo cuando ha llevado a término estas
operaciones advierte que lo estoy observando y me saluda afablemente.
Me he dado cuenta de que la presencia del señor Kuderer es
importante para mí: el hecho de que alguien demuestre aún tanto escrúpulo y
metódica atención, aunque sé perfectamente que todo es inútil, tiene sobre mí
un efecto tranquilizador, acaso porque viene a compensar mi modo de vivir
impreciso, que -pese a las conclusiones a las que he llegado- continúa siendo como
una culpa. Por eso me paro a mirar al meteorólogo, y hasta a charlar con él,
aunque no sea la conversación en sí lo que me interesa. Me habla del tiempo,
naturalmente, en circunstanciados términos técnicos, y de los efectos de las
variaciones de la presión sobre la salud, pero también de los tiempos
inestables en los que vivimos, citando como ejemplos episodios de la vida local
o también noticias leídas en los periódicos. En esos momentos revela un
carácter menos cerrado de lo que parecía a primera vista, más aún, tiende a
enfervorizarse y a volverse locuaz, sobre todo al desaprobar el modo de obrar y
de pensar de la mayoría, porque es un hombre inclinado al descontento.
Hoy el señor Kauderer me ha dicho que, teniendo el
proyecto de ausentarse unos días, debería encontrar quien lo sustituya en la
anotación de los datos, pero no conoce a nadie de quien pueda fiarse. Charlando
de esto ha llegado a preguntarme si no me interesaría aprender a leer los
instrumentos meteorológicos, en cuyo caso me enseñaría. No le he respondido ni
que si ni que no, o al menos no he pretendido darle ninguna respuesta concreta,
pero me he encontrado a su lado en la tarima mientras él me explicaba cómo
establecer las máximas y las mínimas, la marcha de la presión, la cantidad de
precipitaciones, la velocidad de los vientos. En resumen, casi sin darme
cuenta, me ha confiado el encargo de hacer sus veces durante los próximos días,
empezando mañana a las doce. Aunque mi aceptación haya sido un poco forzada, al
no haberme dejado tiempo para reflexionar, ni para dar a entender que no podía
decidir así de sopetón, esta obligación no me desagrada.
Martes. Esta mañana he hablado por primera vez con la
señorita Zwida. El encargo de anotar los datos meteorológicos ha desempeñado
desde luego un papel para hacerme superar mis incertidumbres, en el sentido de
que por primera vez en mis días Pëtkwo había algo fijado de antemano a lo cual
no podía faltar; por eso, fuera como fuera nuestra conversación, a las doce
menos cuarto diría: "Ah, me olvidaba, tengo que darme prisa en ir al
observatorio porque es la hora de las anotaciones." Y me despediría, quizá
de mala gana, quizá con alivio, pero en cualquier caso con la seguridad de no
poder obrar de otro modo. Creo haberlo comprendido confusamente ya ayer, cuando
el señor Kauderer me hizo la propuesta, que esta tarea me animaría a hablar con
la señorita Zwida: pero sólo ahora tengo la cosa clara, admitiendo que esté
clara.
La señorita Zwida estaba dibujando un erizo de mar. Estaba
sentada en un taburetito plegable, en el muelle. El erizo estaba patas arriba
sobre la roca, abierto; contraía las púas tratando inútilmente de enderezarse.
El dibujo de la muchacha era un estudio de la pulpa húmeda del molusco, en su
dilatarse y contraerse, pintada en claroscuro, y con un bosquejo denso e
hirsuto todo alrededor. La conversación que yo tenía en mente, sobre la forma
de las conchas como armonía engañosa, envoltura que esconde la verdadera
sustancia de la naturaleza, ya no venía a cuento. Tanto la vista del erizo como
el dibujo transmitían sensaciones desagradables y crueles, como una víscera
expuesta a las miradas. He pegado la hebra diciendo que no hay nada más difícil
que dibujar erizos de mar: tanto la envoltura de púas vista desde arriba, como
el molusco tumbado, pese a la simetría radial de su estructura, ofrecen pocos
pretextos para una representación lineal. Me ha respondido que le interesaba
dibujarlo porque era una imagen que se repetía en sus sueños y que quería
librarse de ella. Al despedirme le he preguntado si podíamos vernos mañana por
la mañana en el mismo sitio. Ha dicho que mañana tiene otros compromisos; pero
que pasado mañana saldrá de nuevo con el álbum de dibujo y me será fácil
encontrarla.
Mientras comprobaba los barómetros, dos hombres se han
acercado al cobertizo. No los había visto nunca; arropados, vestidos de negro,
con las solapas levantadas. Me han preguntado si no estaba el señor Kauderer;
después, dónde había ido, si sabía su paradero, cuándo volvería. He respondido
que no sabía y he preguntado quiénes eran y por qué me lo preguntaban.
-Nada, no importa - han dicho, alejándose.
Miércoles. He ido a llevar un ramillete de violetas al
hotel para la señorita Zwida. El portero me ha dicho que había salido hace
rato. He dado muchas vueltas, esperando encontrarla por azar. En la explanada
de la fortaleza estaba la cola de los parientes de los presos: hoy es día de
visita en la cárcel. Entre las mujercitas con pañuelos en la cabeza y los niños
que lloran he visto a la señorita Zwida. Llevaba el rostro tapado por un
velillo negro bajo las alas del sombrero, pero su porte era inconfundible:
estaba con la cabeza alta, el cuello erguido y como orgulloso.
En un ángulo de la explanada, como vigilando la cola de la
puerta de la cárcel, estaban los dos hombres de negro que me habían interpelado
ayer en el observatorio.
El erizo, el velillo, los dos desconocidos: el color negro
sigue apareciéndoseme en circunstancias tales que atraen mi atención: mensajes
que interpreto como una llamada de la noche. Me he dado cuenta de que hace
mucho tiempo que tiendo a reducir la presencia de la oscuridad en mi vida.
La prohibición de los médicos de salir después del ocaso
me ha constreñido hace meses a los confines del mundo diurno. Pero no es sólo
esto: es que encuentro en la luz del día, en la luminosidad difusa, pálida,
casi sin sombras, una oscuridad más espesa que la de la noche.
Miércoles por la noche. Cada tarde paso las primeras horas
de oscuridad pergeñando estas páginas que no sé si alguien leerá jamás. El
globo de pasta de vidrio de mi habitación en
Jueves. Gracias a un permiso especial de la dirección -me
ha explicado la señorita Zwida- puedo entrar en la cárcel los días de visita y
sentarme en la mesa del locutorio con mis hojas de dibujo y el carboncillo. La
sencilla humanidad de los parientes de los presos ofrece temas interesantes
para estudios del natural.
Yo no le había hecho ninguna pregunta, pero al advertir
que la había visto ayer en la explanada, se había creído en la obligación de
justificar su presencia en aquel lugar. Hubiese preferido que no me dijese
nada, porque no siento la menor atracción por los dibujos de figuras humanas y
no habría sabido comentárselos si ella me los hubiese enseñado, cosa que no
ocurrió. Pensé que acaso esos dibujos estuvieran encerrados en una carpeta
especial, que la señorita Zwida dejaba en las oficinas de la cárcel de una vez
para otra, dado que ella ayer -lo recordaba bien- no llevaba consigo el
inseparable álbum encuadernado ni el estuche de los lápices.
-Si supiera dibujar, me aplicaría solamente a estudiar la
forma de los objetos inanimados -dije con cierta perentoriedad, porque quería
cambiar de conversación y también porque de veras una inclinación natural me
lleva a reconocer mis estados de ánimo en el inmóvil sufrimiento de las cosas.
La señorita Zwida se mostró al punto de acuerdo: el objeto
que dibujaría más a gusto, dijo, era una de esas anclitas de cuatro uñas
llamadas "rezones", que usan los barcos de pesca. Me señaló algunas
al pasar junto a las barcas atracadas en el muelle, y me explicó las
dificultades que presentaba dibujar los cuatro ganchos en sus diversas inclinaciones
y perspectivas. Comprendí que el objeto encerraba un mensaje para mí y que
debía descifrarlo: el ancla, una exhortación a fijarme, a engancharme, a tocar
fondo, a poner fin a mi estado fluctuante, a mi mantenerme en la superficie.
Pero esta interpretación podía dar paso a dudas: podía también ser una
invitación a zarpar, a lanzarme a mar abierto. Algo en la forma del rezón, los
cuatro dientes remachados, los cuatro brazos de hierro gastados al arrastrarse
contra las rocas del fondo, me prevenían de que cualquier
decisión produciría laceraciones y sufrimientos. Para mi alivio quedaba el
hecho de que no se trataba de una pesada ancla de alta mar, sino una ágil
anclita: no se me pedía, pues, que renunciase a la disponibilidad de la
juventud, sino sólo que me detuviera un momento, que reflexionase, que sondease
la oscuridad de mí mismo.
-Para dibujar a mis anchas ese objeto desde todos los
puntos de vista -dijo Zwida- debería poseer uno para tenerlo conmigo y
familiarizarme con él. ¿Cree que podría comprarle uno a un pescador?
-Se puede preguntar -dije.
-¿Por qué no prueba usted a comprarme uno? No me atrevo a
hacerlo yo misma, porque una señorita de la ciudad que se interesa por un tosco
utensilio de pescadores suscitaría cierto estupor.
Me vi a mí mismo en el acto de presentarle el rezón de
hierro como si fuese un ramo de flores; la imagen, en su incongruencia, tenía
algo de estridente y feroz. Con certeza se ocultaba en ello un significado que
se me escapaba; y prometiéndome meditarlo con calma respondí que sí.
-Quisiera que el rezón estuviera sujeto a su cuerda de
amarre -precisó Zwida-. Puedo pasar horas sin cansarme dibujando un montón de
sogas enrolladas. Compre, pues, también una cuerda muy larga: diez, incluso
doce metros.
Jueves por la noche. Los médicos me han dado permiso para
un uso moderado de bebidas alcohólicas. Para festejar la noticia, a la puesta
del sol he entrado en la posada "
-Y todos los miércoles la damisela perfumada me da un
billete de cien coronas para que la deje sola con el detenido. Y el jueves las
cien coronas ya se han ido en cerveza. Y cuando ha terminado la hora de la
visita la damisela sale con el tufo de la prisión en su traje elegante; y el
detenido vuelve a la celda con el perfume de la damisela en sus ropas de
presidiario. Y yo me quedo con el olor de la cerveza. La vida no es más que un
intercambio de olores.
-La vida y también la muerte, puedes jurarlo -terció otro
borracho, cuya profesión era, como me enteré enseguida, sepulturero-. Yo con el
olor a cerveza trato de quitarme de encima el olor a muerto. Y sólo el olor a
muerto te quitará de encima el olor a cerveza, como a todos los bebedores a
quienes me toca cavarles la fosa.
He tomado este diálogo como una advertencia a estar en guardia:
el mundo se va deshaciendo e intenta arrastrarme en su disolución.
Viernes. El pescador se volvió desconfiado de repente:
-¿Y para qué la quiere? ¿Qué hace usted con un rezón?
Eran preguntas indiscretas; habría debido responder:
"Dibujarlo", pero conocía la renuencia de la señorita Zwida a exhibir
su actividad artística en un ambiente que no es capaz de apreciarla; además, la
respuesta exacta, por mi parte, habría sido: "Pensarlo", y
figurémonos si me iban a entender.
-Asuntos míos -respondí. Habíamos empezado a conversar
afablemente, dado que nos habíamos conocido ayer por la noche en la posada,
pero de improviso nuestro diálogo se había vuelto brusco.
-Vaya a una tienda de efectos navales -cortó en seco el
pescador-. Yo mis cosas no las vendo.
Con el tendero me sucedió lo mismo: apenas hice mi
petición se le ensombreció el rostro.
-No podemos vender estas cosas a forasteros -dijo-. No
queremos problemas con la policía. Y una cuerda de doce metros, encima..., No
es que sospeche de usted, pero no sería la primera vez que alguien lanza un
rezón hasta las rejas de la cárcel para que se evada un preso... La palabra
"evadir" es una de esas que no puedo oír sin abandonarme a un laboreo
sin fin de la mente. La búsqueda del ancla en que me he metido parece indicarme
la vía de una evasión, acaso de una metamorfosis, de una resurrección. Con un
escalofrío me alejo del pensamiento de que la prisión sea mi cuerpo mortal y la
evasión que me espera sea el apartamiento del alma, el inicio de la vida
ultraterrena.
Sábado. Era mi primera salida nocturna tras muchos meses y
eso me inspiraba no poca aprensión, sobre todo por los resfriados de cabeza a
que estoy sometido, tanto que, antes de salir, me enfundé un pasamontañas y
encima un gorro de lana y, todavía, el sombrero de fieltro. Así arropado, y
además con una bufanda en torno al cuello y otra entorno a los riñones, el
chaquetón de lana, el chaquetón de pelo y el chaquetón de cuero, las botas
forradas, podía recobrar cierta seguridad. La noche, como pude comprobar luego,
era apacible y serena. Pero seguía sin entender por qué el señor Kauderer
necesitaba citarme en el cementerio en plena noche, con un billete misterioso,
que me fue entregado con gran secreto. Si había regresado, ¿por qué no podíamos
vernos como todos los días? Y si no había regresado, ¿a quién iba a encontrar
en el cementerio?
Quien me abrió la puerta fue el sepulturero al que había
conocido ya en la posada "
-Busco al señor Kauderer -le dije.
Respondió:
-El señor Kauderer no está. Pero como el cementerio es la
casa de los que no están, entre.
Avanzaba entre las lápidas cuando me rozó una sombra veloz
y crujiente; frenó y bajó del sillín.
-¡Señor Kauderer! -exclamé, maravillado de verlo andar en
bicicleta entre las tumbas con el faro apagado.
-¡Chist! -me calló-. Comete usted grandes imprudencias.
Cuando le confié el observatorio no suponía que se iba a comprometer en un
intento de evasión. Sepa que nosotros somos contrarios a las evasiones
individuales. Hay que dar tiempo al tiempo. Tenemos un plan más general que
llevar adelante, a más largo plazo.
Al oírle decir "nosotros" con un amplio gesto a
su alrededor, pensé que hablaba en nombre de los muertos. Eran los muertos, de
quienes el señor Kauderer era evidentemente el portavoz, los que declaraban que
no querían aceptarme aún entre ellos. Experimenté un indudable alivio.
-Por culpa suya tendré que prolongar mi ausencia -agregó-.
Mañana o pasado lo llamará el comisario de policía, que lo interrogará a
propósito del ancla de rezón. Ándese con ojo para no mezclarme en ese asunto;
tenga en cuenta que las preguntas del comisario tenderán todas a hacerle
admitir algo referente a mi persona. Usted de mí no sabe nada, salvo que estoy
de viaje y no he dicho cuándo volveré. Puede decir que le rogué que me
sustituyera en la anotación de los datos unos cuantos días. Por lo demás, a
partir de mañana está dispensado de ir al observatorio.
-¡No, eso no! -exclamé, presa de una repentina
desesperación, como si en ese momento me diera cuenta de que sólo la
comprobación de los instrumentos meteorológicos me ponía en condiciones de
señorear las fuerzas del universo y reconocer en ellas un orden.
Domingo. Con la fresca he ido al observatorio
meteorológico, he subido a la tarima y me he quedado allí de pie escuchando el
tictac de los instrumentos registradores como la música de las esferas
celestes. El viento corría por el cielo matutino transportando suaves nubes;
las nubes se disponían en festones de cirros, después en cúmulos; hacia las
nueve y media hubo un chaparrón y el pluviómetro conservó unos cuantos
centilitros; lo siguió un arcoiris parcial, de breve duración; el cielo volvió
después a oscurecerse, la plumilla del barógrafo descendió trazando una línea
casi vertical; retumbó el trueno y empezó a granizar. Yo desde allá arriba en
la cima sentía que tenía en mis manos los escampos y las tormentas, los rayos y
la calígine; no como un dios, no, no me crean loco, no me sentía Zeus tonante,
sino un poco como un director de orquesta que tiene delante la partitura ya
escrita y sabe que los sonidos que sufren los instrumentos responden a un
destino cuyo principal custodio y depositario es él. El cobertizo de palastro
resonaba como un tambor bajo los chaparrones; el anemómetro remolineaba; aquel
universo todo estallidos y saltos era traducible en cifras para alinearlas en
mi registro; una calma soberana presidía la trama de los cataclismos.
En ese momento de armonía y plenitud un crujido me hizo
bajar la mirada.
Acurrucado entre los peldaños de la tarima y los postes de
sostén del cobertizo había un hombre barbudo, vestido con una tosca chaqueta de
rayas empapada de lluvia. Me miraba con firmes ojos claros.
-Me he evadido -dijo-. No me traicione. Tendría que ir a
avisar a una persona. ¿Quiere? Vive en el hotel del Lirio Marino.
Sentí al punto que en el orden perfecto del universo se
había abierto una brecha, un desgarrón irreparable.
FIN